Atalante Bermúdez era médico traumatólogo y un gran aficionado a la jardinería. En los últimos años, se había especializado en el cultivo del Bonsai, y siempre que la ocasión lo permitía, alardeaba con orgullo de su modesta colección de árboles en miniatura. De carácter apacible y aspecto bonachón, no era una persona fácil de sorprender ni de la que se pudiera esperar que perdiese la calma ante imponderables de diversa índole. Metódico hasta sus últimas consecuencias, siempre se había considerado capaz de doblegar sus tendencias impulsivas con el certero filtro de la mesura y la respuesta lógica.
Sin embargo, sus técnicas de autocontrol, de nada le sirvieron aquella mañana en la que, al ir al jardín a realizar las cotidianas tareas de mantenimiento, observó colgando de la diminuta rama de uno de sus preciados arbolitos, aquel extraño objeto. Con el pulso aún ligeramente acelerado, y sin poder dejar de mesarse sus pulcros bigotes, no daba crédito al misterioso sentimiento de familiaridad que le inspiraba aquella suerte de fruto psicodélico. Se trataba de una minúscula figurilla de madera, que representaba la escena de una mamá antílope alimentando a sus dos crías. ¿Dónde había visto algo semejante?. Concentrándose, logró que su mente se inundara de hermosos veranos, preludio de incierto porvenir. Cálidas lágrimas resbalaron por sus mejillas. Se sintió como Pulgarcito, siguiendo la senda de las migas de pan en su lento caminar hacia un punto de no retorno olvidado en algún apolillado cajón.
